Epílogo

Qué podría darte que no te hubiera dado. He buscado en mis cosas algo que pudiera entregarte, pero todo lo que tengo son los recuerdos que envolviste en papel maché, y que me diste de manera tan despreocupada sin pensar siquiera que me alimentarían en el camino. Lo recuerdo todo, no lo olvides.

Dejé mucho en ti, todo lo muy mío, honestamente me quede en ti. Salí a caminar contigo y me quedé ahí a tu lado, y debo regresar a recogerme, para que me devuelvas a mí, algún día; o déjame ahí en una banqueta cualquiera de una calle cualquiera, nadie más podría tomarme.

Todo ahora ha sido nada, pero todo es nada al fin y al cabo, todo se vuelve polvo, y el polvo se limpia o se abraza para no dejarlo ir.

Los acompañantes

Esa noche me sirvió nada más que para dormir. A la mañana siguiente hice lo que la mayoría de la gente hace sin el menor cuidado, lo mismo que miles desearían no hacer, desperté. Pensé algo sobre camiones con luces bajas atravesando la niebla, me concentré en uno, era azul, lo conducía un hombre apresurado por entregar la carga, eran tomates; tan pronto cruzó una casa de ladrillo al borde de la carretera lo perdí de vista y me trajo de nuevo a mi habitación, así, con los ojos apuntando al techo. Pensé en tu adiós, tus palabras, pero sobre todo en la hiedra que creció instantáneamente sobre nuestros cuerpos, cubriéndonos como un eclipse hasta no sentir. Te había amado apenas ayer y hoy el amor se estaba desprendiendo de mí como una estampilla agotada, exhausto; él tanto como yo, quería dormir un poco más. Se tentó a sí mismo a quedarse por unos minutos, pero se repuso de esa idea.

Seguro de que me oiría no pude evitar reclamarle con algún sentimiento de nostalgia, hice de cuenta que estaba en el baño, mirándose al espejo y no junto a mí y me dije: -No puedo hacer nacer el amor, no puedo evitar que muera, me ha dicho que llega y se va sin aviso, me ha dicho que solo puedo estar, no importa el dónde. —Estuve cuando llegó, estuve cuando te abandonó, estuve y estaré—. Yo estuve allí, al borde de la cama con los pies rozando la madera fría, cuando se hubo ido.

—Estaré cuando regreses— dije, lo dije suavemente porque no quería que me oyera en caso de que se hubiera ocultado en el armario, o entre las páginas de mis viejos libros, o quizá detrás de la ventana con su rostro hacia la calle, no quise pasar por la vergüenza de extrañarle. —Estaré aquí— dije aún más suavemente, apenas para oírme a mí mismo, —a eso me has confinado—.

Me levanté liviano, era apenas lógico, di algunos pasos al centro de la habitación la temperatura de la cama me persiguió un par de metros, me soltó, sonó la puerta, recorrí la distancia que faltaba, abrí, era mi nuevo acompañante, no recuerdo su rostro, ni sus manos, había estado con él desde ese día, sin soltarnos como los pernos de un viejo carrusel, aun así ni el sonido de su voz, ni su aroma, ni sus caricias suponiendo que las haya recibido, ni su color de piel vienen a mi memoria, no recuerdo ni aún si era hombre o mujer, solo golpeó, abrí, me invadió. Era el olvido.

Saudade*

Han sido muchos los caminos, muchos los dolores, he faltado una y otra vez, hiriendo, abriendo surcos en donde hubo antes jardines. Supe desgastarlo todo como se desgasta la voz de un herido abandonado en los bosques, supe dañar con valiente rebeldía. Pero, ¿he de pagar tan caro? ¿tan grave ha sido?

Me senté una tarde a escucharte, las nubes se descolgaban en el horizonte como un puente que me condujo a ti no una sino innumerables veces, tú estabas lejos, tanto que no hubiese podido llegar a ti a menos que salieras a encontrarme en el camino. Luego tu nombre, que fue una caricia para mi alma, luego los recuerdos que se emplazaron en mi corazón invadiéndome todo. Al final eras solo tú, tú al amanecer, tú en la noche, tú al dormir, tú enfermándome con el mal del horizonte, horizonte donde de seguro te encuentras, y ese mal que me impide levantar la mirada porque me impulsa con incontenibles pensamientos a pensar que eres, me ha obligado a caminar mirando al suelo, a fingir que no hay nada más allá, a hacer de mis límites todo lo que hay. Yo, confinado a mi propio espacio, si, yo, en una prisión, una hecha de mi mismo. Me he convencido diciendo que no estás, que no eres, y que en caso de ser, tienes una vida, una que no se cruza con la mía, una en donde dolorosamente se me ha confinado a ser menos que una sombra. Soy el fantasma de otros, hablándote a través de mis dedos.

¿Qué tanto calor se desprenderá de tu voz? ¿con quién andarás? ¿te amará? ¿te hubiese amado yo? y si sí ¿de cuántas, extrañas y multiformes maneras? ¿qué tanto tiempo hubiese podido mantener mis ojos en ti y rozar tus manos mientras giramos todos para fundirnos con la eternidad? ¿Tomarías conmigo un café, uno que dure hasta el fin de los días?

Te trajeron fingiendo finamente ser tú, y me acostumbré de maneras inexplicables a ti, como a un personaje de literatura de un libro aún no escrito. Tu, la página no redactada de un libro bello, la canción sin melodía, tú, saudade, tú, la añoranza del lugar que nunca existió. Tú, aquello que me fue dado y arrebatado al instante, aquello que solo tiene para mí menos que su espalda. Tú que invades todos mis espacios e ideas, tú que nunca me verás, ni sentirás la intensidad con la que me aferré tan onda y afanosamente a tu forma. Tú, un ave levantando vuelo. Tú, saudade.

Como me hubiese gustado estar ahí, (nunca supiste que escribí: “Que la oscuridad de tus lunares, sea la luz que me haga encontrarte”). Hubiese contemplado, hubiese estado en paz, hubiese oído la melodía no oída, la historia no contada, hubiese leído la página no redactada, todo aquello que tengo asido con tanta fuerza y que debo dejar ir.

Fragmento de una conversación no sostenida.

—Quisiera quedarme, pero tengo que irme antes de que caiga la noche o no podré ver el camino.

—No es necesario que veas el camino, solo siéntelo, hay uno solo.

—No es verdad, podría perderme.

—¿Cómo?

—He inventado mil senderos y podría caer en alguno de ellos sin querer, si sucediese me perderé para siempre.

—Amárrate un cordón que tejí para ti, es largo, puedes recorrer el mundo entero, tira de él, sabré que estás lista para regresar y te halaré con cuidado, y en algún momento antes de haberse consumido todo el aceite que calienta el sol, estarás aquí y me sentaré contigo a beber un licor que dure hasta el fin de los días.