El apartamento testigo

Era la tarde en un pequeño apartamento, la luz de las seis bañó de amarillo unas pálidas paredes maquilladas con pequeñas grietas e incontables imperfecciones. Había un florero que recibía la luz de la ventana y brillaba lanzando pequeños destellos al techo blanco, a las sillas y a la superficie de la mesa, sobre la cual reposaba una taza con un poco de café seco y frío.

De pronto se abrió la puerta, un sonido seco al cerrar y pasos rompieron el silencio, hasta el momento todo era un baile de luz. A las innumerables imperfecciones no les importó un poco de ruido y se quedaron allí, las paredes no se incomodan con nadie. Los últimos visos de luz de día se despidieron besando el florero, el último brillo dijo “mañana” antes de marcharse y dejar la habitación.

Una luz se encendió a la vez que quien fuese que entró se disponía a quitarse la ropa, eran seis prendas y un par de zapatos sumergidos en el cansancio; el primero en soltar el cuerpo fue un chaquetón de pana rojo, pesaba el doble ahora, en la mañana era liviano como un pañuelo de seda. Cada prenda por turno y ordenadamente fue dejando al descubierto un cuerpo blanco como la nieve dispuesto con no otra intención que la de meterse al agua para quitarse de encima el abrazo de las calles. Abrió el grifo, tocó el agua, se mojó y al instante la puerta principal se abrió de nuevo, unos pasos más pesados reconocieron el suelo de madera vieja, cada pisada parecía la pisada de un rinoceronte viejo. Quien hubiese llegado se dirigió a la habitación donde minutos atrás las prendas habían abandonado el cuerpo blanco y empezó a repetir casi como imitando el mismo desvestir; una corbata azul fue la primera en despedirse, así mismo y en orden siguió una chaqueta de paño, una camisa blanca con hilos azules, un cinturón de cuero negro y un pantalón sin gracias ni pliegues. Cada pieza de la vestimenta posaba muerta sobre la cama como si un fantasma mal vestido hubiese sido arroyado y hubiese quedado ahí: impreso. Quedó al desnudo una piel negra como la noche misma, lista para entrar también al agua.

El baño era iluminado por un viejo bombillo de resistencia de 40 watts y despedía la luz apenas necesaria para no confundir los cepillos de dientes o confundir el dentífrico con cualquier otro empaque, servía también para encontrar las toallas que estuvieran más cerca de la puerta de la gaveta que las contenía, el fondo de ese gabinete había sido hasta ese día y seguiría siendo indeterminadamente un misterio, uno que a nadie le interesó jamás develar y así seguiría siendo.

La nieve y la noche no se saludan, solo se cruzan, la nieve sale, la noche entra. Ella usa una toalla blanca que parecía gris comparada con su piel, sale del baño, se seca el cabello blanco y recoge de la cama con enojo pero con la resignación propia de la rutina, la vestimenta que ha dejado la noche, guarda lo que es de guardar y deja en el piso lo que debe lavarse. Se quita la toalla y se dispone a preparar una bebida caliente para los dos, no le pregunta, sabe que noche beberá lo que le pongan en la mesa. Nieve enciende una vieja estufa, hará café, la decisión había sido simple y rápida: no hay nada más.

Noche llega a la pequeña sala también desnudo, para ese entonces las luces que entran desde la calle y que vienen siempre a la misma hora a pasar allí la noche, son más intensas que las del propio apartamento. Noche se sienta, nieve se sienta frente a él, se miran pero el silencio entre los dos sigue igual, no hay disgustos ni razones importantes para no hablar, justamente lo contrapuesto pero con el mismo significado: si no tienes nada para decir, tener la boca cerrada no es ningún crimen.

Nieve vio que noche terminó de beber y que inmóvil como siempre se detuvo a esperarla; él siempre termino más pronto todo, se vestía más rápido, dormía primero, comía como participando en un concurso, en la calle caminaba ligeramente adelante, salía de las reuniones a esperar afuera a nieve, llegaba a las citas a la hora indicada, sí, pero solo cuando llegaba tarde, todas las demás ocasiones aparecía minutos antes.

—Se acabó —dijo nieve interrumpiendo el silencio—
—¿Qué? ¿El café?
—Todo
—Mañana compramos
—Me marcho
—¿A dónde? ¿Por qué?
—Es hora. Se acabó
—¿Qué dices?
—Me voy, me voy para siempre

Noche tenía sus ojos negros sobre nieve con atención, tratando de leer en los gestos lo que no entendía en las palabras. Con sus negras manos, sobre su negra cabeza y entretejiendo sus negros dedos con sus negros cabellos dijo:

—Mírame, ¿qué dices?
—Mañana sale un bus blanco rumbo a mi tierra blanca, me marcho sin nada, me llevo la maleta blanca. No volveré
—¿Te cansaste de mí?
—No, debo ir a mi tierra a sanar porque esta ciudad, éstas paredes llenas de incontables imperfecciones me han hastiado y me desvanezco.

Noche extendió su negra mano tratando de buscar la blanca mano de nieve, un solo roce quizá la habría hecho cambiar de idea, —pensaba él—, pero no, ella permaneció sentada con sus blancos brazos cruzados, evitando mirar los negros ojos de noche, haciendo lo posible por no llorar; se contuvo tanto como pudo pero se venció y lágrimas blancas rodaron por sus mejillas blancas cayendo sobre la mesa, sobre sus blancos senos desnudos y sobre sus blancas piernas, eran lagrimas amargas, llenas de adiós.

Noche, silencioso, se levantó de la mesa, caminó frente a nieve y puso sus negras rodillas en el suelo para quedar con su rostro frente al vientre de nieve, que lo miraba tímidamente deseando amarle pero a la vez firme en su propósito de partir al día siguiente con la primera luz. Habían estado horas navegando en el eterno silencio entre cada palabra dicha, el amanecer no estaba lejos.

—No te irás —Dijo noche de repente poniéndose en pie— me iré yo, me iré ahora mismo. Sus mejillas negras habían recogido algunas blancas lágrimas que se imprimieron en su rostro y se confundieron con las negras lágrimas que salieron de sus negros ojos para quedar a la vista sobre la blanca piel de nieve.

Noche se dio media vuelta, caminó al centro del salón y en el instante inmediatamente anterior a que el primer rayo de luz entrara por la ventana con avidez por besar el florero, levantó los brazos, su negra piel no reflejaba brillos, sus negros ojos cansados de despedir lagrimas negras dieron una última mirada a nieve, una leve sonrisa dejó entrever sus negros dientes. —Adiós —dijo, y su cuerpo en un soplo se volvió cenizas, una nube negra invadió la habitación ocupando las innumerables imperfecciones de las paredes, fragmentos de su negra piel llenaron el espacio como estrellas oscuras que venían a ver nacer el día con sus primeras luces; todo se llenó de noche, todas sus partículas bailaban suavemente como un cardumen de polvo al compás de las leves corrientes de aire que salían disparadas de la blanca nariz de nieve producto de la agitación de su asombro. Lloró de nuevo, con sus blancas manos cubrió su blanca boca para no vociferar blancos gritos, noche había desaparecido con el día.

 

 

 

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