Las tareas de morir

«Mátese. Tome un cuchillo, pero vaya córtese las venas en la calle. No quiero levantamientos de cadáver en mi casa, ni que mis hermanas tengan que limpiar su sangre de la alfombra. Nos tiene agotados diciendo a toda hora que se quiere morir. Vaya mátese y deje la huevonada»

José, visiblemente agitado por el esfuerzo vocal, dio una mirada buscando en la cara de los presentes una reacción, no de aprobación o condena sino de sumisión, de aprobación mayoritaria casi democrática, y ésta se expresaba en las cabezas que con temor apuntaban con la mirada temblorosa al piso. Romper el silencio de la noche con una visceral sentencia no era lo planeado al iniciar el día, pero la amenaza constante de su sobrino respecto de terminar con su propia vida, se había convertido en una gotera incesante y había que enfrentarla con las herramientas disponibles. María, la madre del adolescente suicida no interpeló, por lo que todos pudieron entender que la exigencia del jefe de familia, más que fundada era necesaria.

El adolescente jamás había pasado de las amenazas por lo que en principio las palabras de José lo confrontaron planteándole un reto contundente que por supuesto no estuvo dispuesto a aceptar, pues no había considerado que los muertos voluntarios regularmente obligan a sus allegados a limpiar muebles, alfombras y paredes. Bien le parecía la idea de morir, como a tantos, pero poco se había detenido en la logística post-mortem, abrumadora en principio, pero ante todo injusta pues serían los vivos quienes para continuar con la regularidad de sus vidas, tendrían, así fuera mínimamente por necesidad estética, que desarrollar las labores de limpieza y costear los gastos funerarios.

La noche acabó en silencio; cuando todos se hubieron acostado, cuando la última bombilla de la última lámpara se apagó, cuando todos los parpados se cerraron, el adolescente emanaba de sus ojos dos haces de luz brillantes y concentrados como la luz de una estrella, y que poco a poco iban venciendo a la oscuridad de la noche, salvo cuando desaparecian una vez cada minuto durante el instante que duraba el pestañear. Así estuvo varias horas, despierto, enfocado, acostado en una única posición.

A la mañana siguiente José vio desde la puerta de su habitación que su sobrino se había levantado porque la cama estaba tendida, lo cual era extraño, así que apresuró ligeramente el paso recorriendo la sala que conectaba cuatro habitaciones, un baño y las escaleras que iban directamente al primer piso, hacia la habitación del joven, él estaba vestido con un radiante pantalón blanco, una camisa de manga larga también blanca con botones grises y un reloj, estaba de espaldas a la puerta y de cara a la ventada, con los brazos cruzados por la espalda sujetada su muñeca izquierda por su mano derecha. José se acercó hasta el marco de la puerta y desde ahí saludó dando el buenos días, que fue inmediatamente contestado de igual manera.

—Ya sabes que no digo lo que quieres oír sino lo que debes— dijo José, con notable serenidad

—No te diré lo que quisieras oír sino lo que debo decir

—Adelante, te escucho

—En primer lugar estoy de acuerdo en que limpiar sangre de la alfombra presupone un oficio difícil e inesperado, creo que nadie debería ser importunado por la tarea que bien debe hacer la persona responsable e interesada en acabar con la propia vida, cosa que es difícil pues toda limpieza es posterior al evento que la suscita y nadie podría limpiar de paredes y pisos su propia sangre antes de que fuera derramada para cumplir el propósito inicial de sacarla del cuerpo, por tanto, la calle es el mejor escenario para convertirse en un despojo, no podría estár más de acuerdo. Por otra parte, los costos que se derivan de morir (cosa que es en sí misma una estupidez) no deberían ser asumidos por los allegados del suicida, pues con la misma línea de pensamiento sobre la limpieza, se debe asumir que el muerto tendría que haber preparado con antelación los fondos económicos apenas necesarios para bien sea ser enterrado apropiadamente junto a otros cadáveres prestantes o bien para ser llevado en un humilde acarreo con destino final en el botadero municipal (dudo que esté permitido tirar muertos junto a latas de Coca Cola). No volveré a importunar con amenazas sobre mi muerte, mucho más ahora que estoy muerto

—¿De qué hablas?

—Acércate. Mira mis pies

José rodeo la cama que atravesaba la habitación y que era tanto paralela a la puerta como a la ventana y por lo tanto se interponía en la línea de visión desde la puerta a la parte inferior de la pared donde estaba la ventana. Cuando hubo terminado el recorrido se sintió abrumado por la vista, inexplicablemente el joven tenía los pies desnudos y estaban separados del suelo por cerca de 10 centímetros. José vio a su sobrino girar en el aire para quedar frente a frente, mientras esto pasaba un grito en la puerta de una de las mujeres de la casa hizo que rápidamente se agolpara toda la familia en la puerta para ver al joven levitar sobre la alfombra de poliester café.

—¿Qué es esto?— dijo José, desorientado, demudado, y bañado en pesadas lágrimas.

—Es un adiós, tío. No es tan grave como parece, menos aún es difícil de entender, en primer lugar no me corté las venas, el tedioso drama de limpiar sangre puede evitarse de un sin número de maneras así que una vez estuve muerto fue algo por lo que no me preocupé y me dediqué a lo fundamental: definir cómo han de pagarse los costos que se derivan de morir, el dónde seré enterrado y quiénes serán los vecinos de mis despojos una vez mi cuerpo sea instalado en el cementerio, osario o columabario que más se ajuste al escaso presupuesto que dejé en un sobre en el escritorio, será decisión de ustedes; dinero tenía como destino el pago de mi siguiente semestre universitario, pero es más que obvio que no lo voy a cursar, entre otras cosas porque el campo profesional para los suicidas es un territorio inexplorado en términos de mercado laboral. Me maté, en caso de que alguna duda quede aún en el aire respecto de mi motivación, porque tenía la apremiante necesidad de no vivir más. Finalmente la pregunta que se deben estar haciendo todos mientras me observan a cerca de diez centímetros del suelo con cara de horror: ¿Cómo es que si me suicidé estoy aquí? Pues no se han registrado acontecimientos similares en la historia de la humanidad, donde un suicida regresa innecesariamente a tener una última conversación con sus familiares cercanos, pues bien, no lo acabo de entender, pero aún exangüe puedo sostenerme en el lado que antes llamaba vida, tengo el presentimiento de que una vez termine de dar las instrucciones que permitan poner sobre ustedes, mis más cercanos, no más que el peso de unas cuantas tristezas, pero ninguna carga más que la de a voluntad propia asistir a las ceremonias exequiales, me iré.

En ese instante, ante los ojos de las apesadumbradas e incrédulas miradas de los presentes, el cuerpo que flotaba en el aire se desplomó intempestivamente, las ropas blancas se oscurecieron y se tiñeron al instante de colores negro y ocres; la mirada apenas hace un instante diáfana se había vuelto opaca como la superficie de los ojos de los peces del mercado. Un cuerpo inerte yacía sobre el suelo y hubo ya no sorpresa sino grandes tristezas.

Sobre el escritorio había una hoja de papel con tinta aún fresca, y en ella las siguientes palabras: “Todo vuela. Todo se erosiona. La fe que perdí, otro la encontrará y encontrará también la forma de instalarla en el alma”.

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