Caminé solo a través de unas pocas calles mientras imaginaba que caminabas a mi lado, que tus pies algunas veces se sincronizaban con los míos y que se volvían a perder de mi paso. No me mirabas, pero tenía toda tu atención para mi, así que sin demora y con temor a perder tu concentración, dije: «No puedo llevar esa vida que tantos tienen, de arrastrar los días en la rutina, de poner la mano en las heridas de los hijos y curar con abrazos. No puedo estar rodeado de mascotas y de su afecto diáfano y estéril, no quiero que me reciban los ladridos, no quiero ver agitarse alguna cola mientras me acerco al techo que comparta triste con otra alma. Yo vine a ver cómo se quiebra la roca. Vine a ser testigo de cómo se marchita la hoja verde, vine a ver pieles muertas adheridas a las osamentas. Vine para presenciar, para estar allí cuando se desatan las tormentas, y se llena de miedo el alma por el estruendo de la noche».

Tú callabas, y yo imaginaba que decías: «Yo también»

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